La historia de Kate Raidt, una estadounidense de Atlanta que se mudó a la región de Ulm, en el sur de Alemania, retrata cómo un cambio de país puede transformar por completo la percepción de la vida cotidiana. Un año y medio después de dejar Estados Unidos junto a su hijo adolescente Bodie, Raidt asegura que “nunca había vivido en un lugar tan lindo” y que ambos están “floreciendo” en su nuevo entorno, rodeados de montañas, ríos y la cercanía de los Alpes suizos y bávaros.
Del tráfico de Atlanta a los paisajes de Ulm
Raidt cuenta que disfruta incluso los partidos “de visitante” de su hijo: los trayectos en carretera entre Ulm y Múnich se han convertido en momentos de felicidad gracias al paisaje de montañas, arroyos y ríos que atraviesa para llegar a los compromisos de fútbol. “Es muy difícil estar de mal humor cuando conduces a través de toda esta belleza”, dice, describiendo cómo ver los Alpes o escuchar el agua de un arroyo cercano le cambia el ánimo y la hace sentirse agradecida por su nueva vida.
Su mudanza se concretó pocas semanas después de que su hija mayor, Conley, se graduara en 2024: entonces decidió que no quería que Bodie se fuera solo como estudiante de intercambio y tomó la decisión de acompañarlo a Alemania. Llegaron con apenas dos maletas y sin red de apoyo: “No teníamos amigos. Ni familia. Nada… simplemente dijimos: ‘estamos listos, hagámoslo’”, recuerda.
Adaptación, comunidad y otro ritmo de vida
Instalada inicialmente en un Airbnb en Ulm, Raidt mantuvo su trabajo remoto para una empresa de Estados Unidos, pero pronto empezó a valorar aspectos de la vida alemana que iban más allá del empleo. Destaca la dimensión comunitaria: le encanta que la gente se reúna a tomar café y conversar, en contraste con la cultura del “drive-thru” en la que, dice, en EE.UU. muchos solo pasan rápidamente por Starbucks sin detenerse a socializar.
También encontró una comunidad de otros extranjeros que, como ella, dejaron sus países para instalarse en Alemania, lo que le proporcionó apoyo emocional en los momentos más difíciles de la adaptación. Aunque considera que la vida allí es más cara, especialmente por los servicios públicos, y que “todo se siente un poco más pequeño” —desde el auto hasta el tamaño de la vivienda—, afirma que esa reducción le ayudó a clarificar qué necesita realmente y a vivir con menos, pero de forma más consciente.
Redescubrirse a los 50 y el futuro en Europa
La mudanza no solo cambió el paisaje de Raidt sino también su proyecto personal: a los 54 años retomó una pasión que había abandonado hacía dos décadas y empezó a grabar un álbum musical, asegurando que vuelve “con venganza” al mundo de la música. Dice que no extraña demasiado Atlanta, salvo a sus “amigas mamás” y algún antojo ocasional de comida rápida como Chick-fil-A, y viaja a Estados Unidos para visitar a su hija, que estudia en Nebraska.
Tras vender su casa en Atlanta, siente que cerró definitivamente un capítulo y afirma que no tiene intención de regresar a vivir a EE.UU.; aunque tal vez no se quede para siempre en Ulm, se ve a largo plazo en Europa. Sueña con mudarse algún día a Austria, Suiza o España, pero siempre dentro de un continente que, asegura, le ha regalado algo que no había tenido antes: la sensación diaria de vivir en un lugar hermoso que le recuerda, cada vez que mira por la ventana, por qué decidió empezar de nuevo.
