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¿Somos tan adictos a las pantallas como creemos? Una mirada antropológica a los smartphones y la salud mental

 


¿Somos tan adictos a las pantallas como creemos? Una mirada antropológica a los smartphones y la salud mental

Por Grok, xAI – Londres, 9 de noviembre de 2025

En una era donde los smartphones se han convertido en extensiones de nuestros cuerpos –o, como dice el antropólogo Daniel Miller, en "nuestras casas transportables"–, el debate sobre su impacto en la salud mental y la concentración ha alcanzado un punto de ebullición. ¿Son estos dispositivos una plaga silenciosa que erosiona nuestra capacidad de atención y fomenta adicciones digitales? ¿O representan una herramienta esencial para conectar comunidades y enriquecer la vida cotidiana? Estudios recientes y perspectivas antropológicas sugieren que la pregunta binaria de "buenos o malos" es insuficiente. En cambio, el foco debe estar en cómo las personas los usan, en contextos culturales diversos, para revelar tanto sus sombras como sus luces.

El alarmismo no es nuevo. Desde hace una década, titulares sensacionalistas han culpado a las pantallas de un auge en la ansiedad juvenil, el déficit de atención y hasta el aislamiento social. Un estudio publicado en JAMA Pediatrics en 2023 analizó a más de 4.300 adolescentes entre 2015 y 2023, encontrando que el uso compulsivo de videojuegos –un patrón de "adicción" clara– se asocia con síntomas depresivos y mayor riesgo de autolesiones. Otro informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2024 advierte que los adolescentes que pasan más de cinco horas diarias en redes sociales duplican su probabilidad de depresión y aumentan un 40% el riesgo de ansiedad. Estos datos, respaldados por revisiones sistemáticas en Frontiers in Psychiatry, indican que el multitasking digital debilita la concentración: incluso breves visitas a sitios con hipervínculos causan caídas temporales en el foco que persisten horas después.

La narrativa de la "adicción" gana tracción en redes sociales. En X (antes Twitter), usuarios como @JohnHaskinsJr describen las pantallas como "la adicción más socialmente aceptable", equiparándolas a dopamina digital que arruina vidas en silencio: desde el burnout por comparación constante hasta la incapacidad de desconectar. Otro tuitero, @TheDejaKing, lamenta cómo "todos tenemos teléfonos, apps diseñadas para rushes de dopamina, y terminamos adictos", acumulando seis horas diarias sin un "empuje societal" para combatirlo. Investigaciones en Addictive Behaviors (2023) confirman que el estrés predice el uso problemático de internet, creando un ciclo donde la ansiedad impulsa más scrolling, y viceversa.

Pero, ¿existen pruebas sólidas que respalden estas preocupaciones? La evidencia es mixta y a menudo correlacional, no causal. Una revisión en Neuroscience & Biobehavioral Reviews (2023) halló que el uso excesivo de smartphones altera estructuras cerebrales similares a las de adicciones a sustancias, pero solo en casos de "uso problemático" –no en el consumo moderado. Además, factores como la pobreza, el acoso cibernético o la falta de sueño confunden los resultados. Un meta-análisis en Journal of Medical Internet Research (2025) concluye que intervenciones no farmacológicas, como terapias cognitivo-conductuales digitales, reducen síntomas de adicción en jóvenes, pero enfatiza que el 31% del uso de redes sociales se debe a hábitos automáticos, no a una "adicción clínica" universal.

Aquí entra la perspectiva antropológica, que cuestiona el pánico moral. Daniel Miller, profesor de Antropología en el University College de Londres (UCL), lidera el proyecto Anthropology of Smartphones and Smart Ageing (ASSA), financiado por el Consejo Europeo de Investigación. Entre 2017 y 2022, once antropólogos realizaron etnografías simultáneas de 16 meses en nueve países: Brasil, Camerún, Chile, China, Irlanda, Italia, Japón, Jerusalén Este y Uganda. Sus hallazgos, compilados en The Global Smartphone: Beyond a Youth Technology (UCL Press, 2021), desafían la idea de que los smartphones son inherentemente nocivos.

Para Miller, "si son buenos o malos no es la pregunta correcta: hay que ver qué hace la gente con ellos". El libro revela que los dispositivos no son solo "máquinas de apps", sino ecologías vivas que se integran en la cotidianidad offline. En Irlanda, adultos mayores usan WhatsApp para combatir la soledad, fortaleciendo lazos familiares transnacionales. En China, LINE y WeChat se convierten en "el corazón del smartphone", facilitando crafting emocional –la creación de identidades híbridas– y "oportunismo perpetuo", donde las notificaciones oportunas resuelven emergencias diarias. En Uganda, los smartphones actúan como "comunidades portátiles", permitiendo a adolescentes "visitar" amigos sin moverse físicamente, redefiniendo la noción de "casa".

Desde esta lente, los móviles no erosionan la humanidad; la amplifican. Miller argumenta que los medios digitales son "un lugar más en el que viven las personas", una "casa transportadora" que extiende la vida social más allá de lo físico. En Digital Anthropology (2012, coescrito con Heather Horst), se explora cómo los phones intensifican conexiones existentes, ayudando a hogares de bajos ingresos en Jamaica a lidiar con la pobreza mediante comunicación constante. Un estudio en International Journal of Cultural Studies (2021) de Miller propone una "teoría dialéctica" del smartphone: su "inteligencia" surge de procesos culturales, individuales y técnicos, no de la tecnología sola. En Japón, por ejemplo, los ancianos personalizan apps para monitoreo de salud (mHealth), democratizando el bienestar sin apps elitistas.

Los beneficios son tangibles. Una revisión en Healthcare (2023) muestra que los smartphones reducen barreras en salud mental: apps cotidianas, adaptadas culturalmente, superan alternativas caras como wearables. En contextos globales, fomentan empatía intercultural –compartir memes morales en redes, incluso con baja alfabetización– y empoderan marginados, como mujeres indígenas en Latinoamérica que usan TikTok para visibilizar sus realidades. En X, @danielgolliher reflexiona: "El problema no es el teléfono; es la falta de intereses más atractivos. Cultiva una vida grandiosa, y el scrolling se queda atrás".

Sin embargo, los antropólogos no ignoran los riesgos. En The Global Smartphone, se discute cómo el "perpetual opportunism" puede volverse abrumador, exacerbando desigualdades: en Camerún, el acceso limitado refuerza brechas de género y clase. Estudios en Child Development Perspectives (2023) advierten que la presión social –coercitiva y normativa– fomenta hábitos adictivos en adolescentes, como el "stickiness" en TikTok. Miller, en una entrevista con UCL Press (2024), aboga por un "enfoque antropológico al mHealth": intervenciones que respeten contextos locales, no imponen "desintoxicaciones" universales.

AspectoBeneficios (Perspectiva Antropológica)Riesgos (Evidencia Científica)
Salud MentalFortalece lazos transnacionales, reduce soledad en mayores (Irlanda, China).Aumenta ansiedad/depresión en uso excesivo (>5h/día); 25.6% de teens en riesgo de adicción (OMS, 2024).
ConcentraciónFacilita multitasking cultural (e.g., crafting identidades en Jerusalén Este).Reduce foco por hipervínculos; cambios cerebrales similares a adicciones (2023 review).
Humanidad/Social"Casa transportable": extiende comunidades (Uganda, Brasil).Fomenta aislamiento si reemplaza interacciones offline; burnout por comparación (X debates).
Utilidad GlobalmHealth accesible; empodera marginados (Jamaica).Refuerza desigualdades en acceso (África, Latinoamérica).

En última instancia, ¿debemos desintoxicarnos? Miller y su equipo sugieren no demonizar las pantallas, sino humanizar su uso. Proyectos como ASSA demuestran que los smartphones son "tecnología para todos", no solo para jóvenes adictos. En un mundo post-pandemia, donde el 76% de la población global posee un smartphone, la clave está en la educación contextual: enseñar a "vivir con" ellos, no contra ellos. Como concluye Miller en The Good Enough Life (2023), la "suficiencia" digital radica en equilibrar lo virtual con lo tangible, reconociendo que nuestra humanidad no se pierde en la pantalla, sino que se redefine en ella.

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